| OTRO No olvides, Perico, que te escribo en la última sección del cementerio apoyándome en una tibia tumba de tierra, hecha de ese polvito que fecunda los dientes granizados de la vida. No olvides que espero tu molienda tierna, apacible y precisa en cuanto tengas lista tu mortaja. Caray, cómo fuiste a pensar que los sueños de toda tu vida eran obsesiones, deseos insatisfechos, aspiraciones. traumas, villanías y puteadas. Cómo, si te levantabas tan fresco del catre maloliente para andar tan campante por el embaldosado. Pero cómo, si amabas a esa chava caderas de naranja que lisonjeabas en poemas que destilaban miel y escasos recursos poeticoeconómicos. Cómo fuiste a creerlo, si pedazos de cara se quedaron vagando por aquellas ciudades que jamás reencontraste y soñabas diariamente a la hora del café en la oficina, cómo fuiste, si la vida es tierna como cartílago; si las lenguas feroces jamás habían arado los cerros raspados por los que caminabas clasificando bisnaguitas, recortando colores con el rabo del ojo, sepultando carreteras, adivinando voces cavernosas. Cómo fuiste a olvidarte de haber muerto, caradura, zoquete; cómo vagaste sin temor por esos callejones semioscuros entre manadas de perros oliéndose los culos -siniestros callejones que te arrojaron a nuevos callejones que te arrojaron a nuevos callejones oscuros. Cómo pudiste descuidarte, concibe, cómo dejaste hablando a tu esqueleto y te largaste así, como si nada, a llenarte los ojos con los colores plomo de la tarde. Entrabas en la noche como si se tratara del burdel miserable en que naciste, ya crecido. Los colores durazno del pedazo de cielo que escogiste bañaron tus mejillas de muerto. |